miércoles, diciembre 09, 2009

Qué te vaya bonito...




La primera vez que te vi, eras una cosita negra , eras tan pequeño que entrabas en mi mano, una mano de una niña de diez años, tenías los ojos malitos y estabas famélico, parecías una hojita a punto de romperse.
Te llevé a mí casa y te quedaste para siempre, mi madre no dejaba de repetir que sólo te daríamos de comer y te volveríamos a llevar dónde te encontramos, yo sabía perfectamente que mi madre a veces se tira esa clase de faroles, a los veinte minutos de estar en mi casa ya tenías una camita hecha con una mantita debajo del radiador.
Aprendiste a dormir la siesta con Pablo que era casi tan pequeño como tú, te paseábamos en el carrito de mis muñecas tapado como si de un muñeco se tratará, nunca decías nada aprovechabas para dormir.
Hemos pasado casi veintiún años juntos, hemos crecido juntos, jugado juntos, dormido juntos, ahora que te has ido dejarás un vacío inmenso de llenar en mi casa que era la tuya.
Sólo me queda la pena de saber que tú muerte no haya sido tan plácida como siempre soñé, has luchado hasta el final, ahora entiendo más que nunca eso de siete vidas tiene un gato y que ni en siete vidas más que viviera yo, podría olvidarte.
Ahora por fin descansas en paz debajo de los galanes de noche del jardín, dónde te gustaba pasar las horas los días de calor, me quedo con la satisfacción de saber que has sido un gato feliz.
Mi vida está llena de ausencias, algunas duelen, otras simplemente se hacen notar muy de vez en cuando, tú serás una ausencia de las que duelen pera a la vez provocan una sonrisa cuando te recuerde que será siempre.